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ENVEJECER NO ES RENUNCIAR A LA VIDA

Foto del escritor: Milena Herrera Conejeros
Milena Herrera Conejeros
8 ago
5 min de lectura

Actualizado: 14 ago

Envejecer no es una condena. Es parte del ciclo vital como la niñez o la adolescencia. Sin embargo, vivimos en una sociedad que parece indicarnos que la vida se divide en dos etapas marcadas por la llegada de la vejez. Antes de ella, hay metas, propósitos, aprendizajes, evolución interna, procesos mentales y físicos relevantes. Una vez llegada la vejez, el panorama cambia. Se nos relega a la pasividad, supervivencia, el conformismo, el estancamiento, la pérdida de valor, el deterioro, la dependencia, la enfermedad y la muerte. Esta manera de mirar el envejecimiento suele influir en nuestra forma de ver a quienes han cruzado el umbral de los 60 años y, por ende, la forma en que comenzamos a mirarnos a nosotros mismos con el transcurso de los años.


Wide angle view of a lush green forest

Nadie nos prepara para envejecer. Los cambios que implica esta etapa suelen ser negados o resistidos. Nadie nos enseña a valorar el haber llegado hasta aquí ni a aceptar las transformaciones de toda índole que comenzaremos a transitar. Y de pronto, caminando por la calle, sin aviso previo, pasamos de ser llamadas “mamita” a ser llamadas “abuelita”. Algo ha cambiado de manera imperceptible para nosotros, pero que los demás comienzan a notar y a actuar en consecuencia.

Algunos cambios son esperables, otros llegan sin que los hayamos elegido. Cambia nuestro cuerpo, nuestra salud, nuestra actividad laboral, nuestras relaciones y los roles que hemos ocupado durante muchos años.

Algunos de esos cambios suelen doler.

 

Cuando la vida cambia


Y aquí estamos, hemos cumplido 60 y las cosas comienzan a cambiar. En este largo trayecto hemos ido desempeñando distintos roles en los muy diversos ámbitos en los que hemos estado insertos: roles familiares, laborales, relacionales de parejas o amistad, entre otros. Muchos de ellos han contribuido a conformar parte de nuestra identidad, dándonos valoración, cobijo, visibilidad, espacio y lugar.

Parte de estos roles se van perdiendo naturalmente como consecuencia de la nueva etapa: los hijos crecen y se van, nuestra relación de pareja se ha modificado con el transcurso de los años o hemos alcanzado la edad de jubilación. Y aquello que es natural, se siente como una pérdida. No se trata sólo de dejar de realizar una determinada actividad. En el caso de la jubilación, por ejemplo, cambia el uso del tiempo, la autovaloración, la certeza económica, las relaciones laborales y de amistad que manteníamos. De pronto aparece un tiempo libre que no sabemos cómo ocupar. Algo parecido nos sucede ante la disminución de determinadas capacidades o cuando necesitamos comenzar a recibir ayuda.

Estos cambios nos llevan indefectiblemente a preguntarnos por cuál es el lugar que ahora nos corresponde. Y la respuesta no es fácil. Envejecer exige un trabajo de adaptación que cada persona vive de manera única y al que nadie llega completamente preparado. Así, nuestra propia historia, nuestros vínculos y recursos, al igual que la forma en que hemos elaborado otras transiciones de la vida, influyen en cómo se experimenta esta etapa. Por eso, el envejecimiento no puede reducirse a un proceso preestablecido ni a una lista de pérdidas de diversa índole.

 

Lo que cambia y lo que permanece


Cuando pensamos en envejecimiento solemos poner la atención en aquellas modificaciones que nos generan resistencia.  Hay capacidades que disminuyen, actividades que ya no podemos realizar de la misma manera y personas que dejan de acompañarnos. Hay proyectos que necesitan ser revisados y otros que quizás debamos dejar atrás; cambios que no podemos eludir o pretender que no existen.

Muy por el contrario, necesitamos mirarlos de frente y aceptar que son parte de nuestra realidad actual. Reconocerlos nos permite comprender en qué punto de la vida estamos, detenernos y hacer un balance de nuestros debes y haberes para seguir caminando; valorar nuestros aprendizajes, historias, vínculos, capacidades y logros, pero del mismo modo, valorar nuestros errores, nuestras ausencias, lo que no supimos reparar, los perdones no pedidos y los no otorgados; las culpas que todavía cargamos y los arrepentimientos que quizás nunca lleguemos a confesar.

 Este necesario balance pone en evidencia nuestros pendientes, revela qué de aquello que una vez anhelamos sigue siendo relevante y qué ha dejado de serlo; qué podemos reparar, soltar o resignificar.  Nos permite volver a soñar, a proyectarnos, a evaluar los dones con que contamos hoy para seguir caminando. En la balanza pondremos también nuestros éxitos y fracasos, nuestras creencias y nuestra filosofía de vida, lo vivido y lo no vivido, nuestros aprendizajes, conocimientos, los afectos y recursos que siguen formando parte de nosotros. A esta edad y con esta realidad como capital de vida.

 Esta es nuestra historia, la que hemos construido durante años. No podemos modificar lo vivido, pero sí podemos decidir qué lugar ocupa hoy en nuestra vida. Algunas experiencias podrán ser reconocidas con gratitud; otras necesitarán ser elaboradas; algunas podrán repararse y otras quizás debamos aprender a aceptarlas como parte de aquello que fue. Mirar nuestra historia de frente, con sus luces y sus sombras, también puede ser una forma de reconocernos.

 

Envejecer no es haber perdido la batalla


            Envejecer es abrazar nuestra vida desde un momento diferente. Reconocer los cambios no es resignarse ante ellos. Es aceptar la nueva realidad y darle cabida en nuestra vida con todo lo que implica, sin resistir ni eludir sus características. Reconocerlas es aprender a descubrir qué queremos y podemos hacer, disfrutar, aprender, aportar o construir. Es descubrir también cómo podemos hacer lo que hoy nos llama, con sus ganancias y sus pérdidas, pero, sobre todo, sosteniendo nuestra capacidad de descubrir posibilidades, de asombrarnos, de crear y de gozar la vida.

Aceptar no es negar las pérdidas ni simular que todo cambio será positivo. Hay situaciones que simplemente duelen y que necesitan ser reconocidas como tales. Aceptar quienes somos hoy no significa obligarnos a permanecer activos, productivos o permanentemente motivados para demostrar que seguimos siendo iguales. Significa algo más sencillo y, quizás, más profundo: es reconocer que nuestra vida continúa siendo nuestra y que, si bien algunas posibilidades ya no están disponibles, otras muchas permanecen abiertas o incluso aparecen para nosotros por primera vez. Podemos seguir aprendiendo, relacionándonos, creando, disfrutando, aportando y tomando decisiones sobre nuestra propia vida.

 

Envejecer no es renunciar a la vida


Quizás envejecer sea la etapa de la vida que nos invita a la reflexión y la evaluación, a mirar lo vivido, reconocer lo que permanece y preguntarnos cómo queremos seguir viviendo sin la premura de encontrar respuestas inmediatas ni de elaborar de forma apremiante todo lo que esta etapa nos plantea. Algunas interrogantes necesitan tiempo y muchas veces las respuestas cambian con el transcurrir de los años.

Porque la pregunta no debiera ser cómo podemos seguir siendo quienes éramos, ni cómo revertir el envejecimiento. Tampoco se trata de demostrar que esta etapa nos es ajena.

Tal vez la pregunta debiera ser:


¿Cómo quiero transitar mi vejez desde esta nueva realidad?

 
 
 

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