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¿CUÁNDO DEJASTE DE SER TÚ PARA CONVERTIRTE EN CUIDADOR?

Foto del escritor: Milena Herrera Conejeros
Milena Herrera Conejeros
8 ago
4 min de lectura

Actualizado: 15 ago

Asumir el rol de cuidador de una persona mayor es una decisión que, en la mayoría de los casos, no se toma libremente después de sopesar los beneficios y las consecuencias que poner la propia vida en pausa puede traer tanto para el cuidador como para su entorno familiar. 


Y aunque sabemos que asumir el cuidado de nuestros mayores no es una probabilidad ajena a nuestras vidas futuras, ese futuro nos es siempre ajeno, lejano y eventual. No solemos planificar con detención las transformaciones que deberemos hacer en nuestras rutinas en la ingenua esperanza de que, cuando llegue el momento, podremos con todo aquello que el cuidar signifique.



Cuando la vida cambia


Casi imperceptiblemente, nuestra vida va cambiando. Llegan nuevas responsabilidades y vamos poco a poco renunciando a nuestros hábitos, gustos y costumbres. Al principio, cuidar parecía algo que simplemente había que hacer. Acomodábamos nuestras actividades para acompañar a la consulta, organizar medicamentos, supervisar la alimentación o estar al pendiente.


El Rol, como una sombra fantasmal, ha adquirido identidad propia y va paulatinamente cubriendo todo nuestro quehacer, desplazando nuestra antigua identidad y ocupando espacios que antes pertenecían a otras dimensiones de nuestra vida.


Sea por responsabilidad, sea por culpa, sea por amor o porque nadie más dentro del círculo estuvo dispuesto a dejarlo todo, nos hemos hecho cargo de una función que ni queríamos ni conocíamos en plenitud.


De pronto, en una de esas idas y venidas, te das cuenta de que has adquirido un nuevo estatus.

Tu identidad es ahora reconocida en relación con la persona que cuidas.

Lo que antes te definía ha pasado a segundo plano en pos del bienestar de otro.


Ya no eres hijo, hija, pareja, hermano. Eres cuidador.


Entre el cuidado y el autocuidado


La vida que conocíamos y que habíamos construido a lo largo de los años ha mutado. Nuestras funciones, también. Dedicarnos a otro conlleva un desgaste físico, emocional y mental importante. Hemos tenido que aprender otras formas de hacer y pensar, de reconocer y expresar nuestras emociones. El desgaste es enorme. Aparece el agotamiento, el insomnio, el desborde y la habilidad para reprimir y disimular emociones.


Este proceso de adaptación precisa de acompañamiento, de consejo, de soporte. Mucho se ha estudiado, dicho y escrito acerca del autocuidado del cuidador. Tomar las recomendaciones que se indican e incorporarlas al rol de cuidador pareciera ser imprescindible para sobrellevar este período. Se establece que la carga puede y debe repartirse; que se debe pedir ayuda y organizar turnos, delegar algunas tareas y reservar espacios para uno mismo.


No obstante, la realidad suele ponernos ante situaciones imposibles de ajustar a los tan necesarios consejos. No todos los cuidadores cuentan con una red de apoyo disponible. Algunos cuidan solos, no porque no sepan pedir ayuda, sino porque no existe quién quiera o pueda asumirla. Hijos que viven lejos, hermanos que no están disponibles, familias pequeñas o vínculos que no permiten una distribución real de las responsabilidades.


Y entonces la pérdida de los propios espacios deja de ser una elección.


Sostener el Rol para seguir viviendo


Sostener el cuidado en tanto sea necesario requiere el desarrollo de habilidades más allá del aprender u organizar rutinas. Requiere el reconocimiento sereno e imperturbable de nuestros recursos y límites. Aceptar que habrá días en que nuestra paciencia será insuficiente; en que, a pesar de nuestros esfuerzos por mantenernos en equilibrio, nuestras emociones terminarán desbordándose, momentos en que la culpa y el miedo serán las protagonistas de la jornada. Aceptar que somos falibles, que nos equivocaremos una y mil veces, que tomaremos decisiones erradas, que sentiremos dolor y desesperación.


Tendremos que aprender a distinguir entre aquello que podemos hacer y aquello que no está en nuestras manos frenar o enmendar. Que la enfermedad, el deterioro, las pérdidas y las transformaciones que atraviesa una persona mayor tienen un curso natural que no depende de nosotros y, por ende, no se pueden evitar, por mucho amor, dedicación o esfuerzo que pongamos en cuidarla.


Aunque el Rol no debería exigirnos olvidar nuestra identidad para convertirnos en alguien distinto ni borrar nuestras propias necesidades, es probable que cada vez con mayor frecuencia vayamos sintiendo que es precisamente eso lo que nos sucede. Y es aquí donde podemos proponernos conservar pequeños espacios personales, desde los cuales podamos seguir reconociéndonos: una conversación, una amistad, una actividad, un momento de silencio, algo que todavía nos pertenezca.


Durante este tiempo, no siempre será posible recuperar todo lo que hemos dejado atrás. Pero mientras cuidamos, podemos intentar no desaparecer completamente dentro de la función.


Cuando el cuidado termina


Llega el día en que ese mismo curso de acontecimientos y transformaciones que hemos sostenido termina. Las nuevas rutinas, hábitos y costumbres adquiridos en el proceso quedan sin objeto. Se nos devuelve un espacio temporal que habíamos olvidado y que ahora no sabemos cómo ocupar.


Estamos frente a un nuevo desafío adaptativo. El Rol ha abandonado nuestro quehacer y tenemos que volver a reconocernos: palpar nuestras manos, escuchar nuestro cansancio, darle espacio a los sueños suspendidos y, de nuevo, no contamos con recursos externos que nos enseñen qué y cómo hacer.

 

¿Qué hacemos ahora con la vida que había quedado en pausa?

 

Una vez más, la respuesta será paulatina. Nos vemos ante la necesidad de desandar el camino andado para volver a ser quienes éramos. Pero ya no somos los mismos. La persona que solíamos ser antes de convertirnos en cuidador ya no está. La experiencia vivida ha producido cambios que requerirán nuevo reconocimiento y espacio. Muchas de nuestras creencias y formas de pensar la vida se han transformado y deberemos reconstruir, reinventar un sentido de vida completamente nuevo.


A veces hay alivio. A veces tristeza. A veces culpa por sentir ese alivio. A veces un vacío difícil de nombrar. Y puede ser necesario volver a preguntarnos quiénes somos cuando ya no somos necesarios de la misma manera.


Porque cuidar a otro puede transformar profundamente nuestra existencia.


Pero cuando el cuidado termina, nuestra vida también merece volver a tener un lugar.





 
 
 

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